Se acabó el tiempo para el desarrollo sustentable

Flavia Broffoni

jueves, 17 de diciembre de 2020  |   

Desde mediados del siglo XIX nosotres, hombres y mujeres que habitamos el planeta tierra, nos hemos visto envueltos en un apasionado romance con el crecimiento económico, al punto de encontrarnos obnubilados por su aroma a consumo, y de forma tal que no vemos las externalidades negativas que genera este modelo de desarrollo en nuestro entorno natural y social.

Este modelo funciona casi exclusivamente alimentado por una depredación extintiva de capital natural, para ponerlo en términos economicistas.
Pero el propio sistema de crecimiento exponencial y generación de riqueza (y en muchos casos, hay que decirlo, inclusión de poblaciones en un determinado nivel de consumo), es víctima de su propio éxito: es imposible seguir creciendo a tasas chinas con una base de provisión de recursos finita y que está imposibilitada de regenerarse dada la presión incesante que ejercen nuestras necesidades materiales de construcción —e imposición— social.

La aceptación del paradigma del Desarrollo Sustentable (o Sostenible; no entraré aquí en la discusión académica entorno a una diferencia conceptual que, a esta altura, considero obsoleta) ha sido una salida elegante para dar por resuelta la discusión ecomilitante surgida en la década del 70.

Transferir hacia el futuro de las «próximas generaciones» la asimilación de los impactos negativos de nuestro accionar sobre la naturaleza, expresado en términos de «consumo de recursos naturales» no puede haber sido un resultado más políticamente correcto para iniciar una transición discursiva exitosa que se ha visto replicada hasta el hartazgo en cuanta exposición pública se haga sobre programas de gobierno, corporativos y hasta de agenda de la sociedad civil a través de las ONGs; todo, absolutamente todo, devino en «sustentable».

Desde un plan económico oficial, hasta la comida diaria de nuestros hijos: lo que no es sustentable, está del lado de los malos. 

Aunque no sepamos bien si la adjetivación es condición suficiente (necesaria ya vimos que sí) para que nuestro planeta siga sosteniendo su capacidad de generar recursos y asimilar impactos —es decir, generando biocapacidad—, la teoría sobre la sustentabilidad de las cosas lo impregnó todo. 

Ahora bien, el plano de las ideas está constituido por entelequias mucho más bonitas y sofisticadas de lo que en el barro de lo terrenal se vive. Aquí, entonces, cabe preguntarse: ¿cómo ha reaccionado la capacidad biológica de nuestro planeta a la «revolución del desarrollo sustentable»?

Imaginamos a priori que, siendo tan alentador el paradigma de la sustentabilidad y habiendo calado tan hondo en el corazón de gobernantes, CEOs y líderes sociales, la ciencia debería responder a ese entusiasmo fortaleciendo con datos el estado de ánimo colectivo.

La última publicación del Living Planet Index o LPI (panda.org) puede ayudar a esclarecer este punto. El LPI mide la biodiversidad, incluyendo:

a) la variación genética intra-especies, 
b) la variedad y abundancia de especies en un ecosistema, 
c) los hábitats a través de un paisaje. 

El monitoreo de todos estos aspectos en simultáneo es imprescindible, ya que proporciona una visión tendencial sobre la salud de los ecosistemas.

Mediante la recolección de datos poblacionales de varias especies de vertebrados y el cálculo de un cambio promedio en su abundancia en el tiempo, el LPI puede ser comparado con el índice bursátil, excepto que, en lugar de monitorear la economía global, el LPI es un indicador científicamente validado de la condición ecológica del planeta. El LPI global se basa en datos de 14.152 poblaciones de 3.706 especies de vertebrados (mamíferos, aves, peces, anfibios, reptiles) de todo el mundo. 

Entonces, si asumimos como premisa que el desarrollo sustentable es un paraguas conceptual extensamente aceptado para el diseño y la gestión de políticas públicas, corporativas y civiles, y siendo que éste paradigma ya lleva cuatro décadas de predominio global, una consecuencia lógica sería que los indicadores planetarios de biocapacidad que mide el LPI hayan mejorado en este tiempo, o, al menos, muestren una tendencia positiva.

Veamos: entre 1970 y 2030, el LPI muestra una disminución general del 67% en la abundancia global de la población de vertebrados.

¿Qué significa esto? Que hoy, nosotros (aquellas futuras generaciones de los años 70) estamos viviendo en un mundo con casi un 70% menos de animales vertebrados (primos hermanos del hombre) de los que existían en el momento en que el desarrollo sustentable nació para mejorarlo todo.
Hasta ahora, podría ser un dato aisaldo. Pero lamentablemente, no lo es. 

Si se cumplen las metas del Acuerdo de París, el aumento de la temperatura global será, hacia fin de siglo, de más de 3 grados centígrados. Esto implicaría un colapso ecosistémico masivo y global, durante el lapso de nuestras vidas.

No he logrado encontrar ningún indicador planetario que haya mejorado en éstas cuatro décadas de sustentabilidad. Apocalíptico, sí. Pero no por ello menos real. Ya nos comimos toda la capacidad regenerativa del planeta. Estamos viviendo a crédito.

Esos recursos que el paradigma del Desarrollo Sustentable pregonaba como finitos pero capaces de ser utilizados «sustentablemente» no estarán disponibles para las generaciones que nos sucedan porque ni siquiera los hay hoy en cantidades suficientes para que nuestros contemporáneos menos desarrollados accedan a nuestro mismo nivel de consumo (el del quintil más próspero del planeta). 

En este punto la información es abrumadora y nuestras mentes susceptibles de bloquear toda posibilidad de alternativa a la extinción masiva de la humanidad tal como la conocemos. Entonces nos cabe la opción de la resignación.

Pero así no somos los humanos de esta «futura generación».

Amparado en este razonamiento y apadrinado por la ciencia, un cambio de paradigma que nos convenza de la necesidad de ayudar a la tierra a regenerarse, que nos convierta en la generación que viva el apuntalamiento de la biocapacidad. Y esto no será posible sosteniendo el modelo de megaciudades insumo dependientes que conocemos hoy. Habrá que adaptarse muy profundamente. Descentralizar. Relocalizar. Renunciar al consumo no esencial. Rediseñar modelos comunitarios a escala humana. Transitar hacia modelos de abastecimiento de alimentos agroecológicos y periurbanos. Modelar interfaces urbano-naturales que co-evolucionen. Aceptar la pluriversidad de alternativas. Abandonar la «replicabilidad» y la «escalabilidad» que olvidan que cada lugar tiene una esencia propia.

Si hemos sido capaces de preconfigurar y bautizar con nuestro propio nombre a una nueva era geológica, la del Antropoceno, ¿por qué creer que no podríamos impulsar los cambios necesarios para que el desarrollo y la cultura regenerativa se conviertan en el nuevo paradigma?